Grandes de la ciencia: Arquímedes

Se atrevió a luchar contra toda Roma, la potencia más fuerte del mundo en su entonces. Aquel anciano y enjuto griego de Siracusa estuvo a punto de vencer. Aquella época le silenció; hoy en día es el científico más grande del mundo antiguo.

Imagen de www.biografiasyividas.com

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Fue matemático, físico, ingeniero, inventor y astrónomo. Fue diferente al resto de los científicos que le precedieron y fue también diferente a muchos de los que vinieron después. Arquímedes tenía una imaginación y una inteligencia desbordantes. Afirma Isaac Asimov, en su libro Momentos estelares de la ciencia que, si el de Siracusa hubiese conocido los números arábigos en vez de los incómodos y laboriosos números griegos, posiblemente hubiese adelantado a Newton y a los cálculos diferenciales en más de 2.000 años.

La inteligencia de lo simple

Arquímedes hizo algo que nadie había hecho hasta la época. Su audacia le llevo a aplicar a la rama de la ciencia los problemas mundanales del día a día. Mientras que las matemáticas o la física anteriores al sabio estaban concebida por los propios matemáticos o físicos como entidades abstractas sin aplicaciones prácticas, Arquímedes consiguió salirse de esa espiral para llegar a la cotidianeidad. En Alejandría, centro intelectual del mundo de aquella época, donde estudió, le enseñaron a tratar de abstraerse de esa tendencia que tenía el sabio por penetrar en los problemas prácticos. No podía; quizás no quería. Construyó cientos de artilugios mecánicos en su afición pasionaria por la realidad. Y entre tanto realizó los descubrimientos que hoy en día le encumbran e inmortalizan.

Uno de sus descubrimientos más prácticos y conocidos fue el que explica la teoría de la palanca. Consiguió congeniar la distancia y la fuerza para que los esfuerzos no fuesen tales. “Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo” dijo Arquímedes. Ante la estupefacción y la incredulidad de todos, y sobre todo de Hierón, rey de Siracusa, el sabio griego puso en práctica sus conocimientos. Llenó una nave de un dique con mercancías y pasajeros, y tras montar un sistema de poleas perfecto consiguió botar poco a poco aquel navío con la ayuda de una sola mano.

¡Eureka! ¡Eureka!

Un encargo de Hierón le haría convertirse en un hombre inmortal. El rey, confiando en la astucia de aquel hombre, le pidió que le hiciese saber si la corona que le había fabricado un orfebre estaba hecha con todo el oro que él había dado o si el artesano trataba de engañarle y se había quedado con parte del metal. La corona no podía ser dañada y Arquímedes se vio incapaz de encontrar una solución. El cobre y la plata con la que podía estar hecha la mezcla habían de ser más ligeras que el oro, así que de haber sido usados ocuparían un espacio mayor que el del peso que debería ocupar el metal dorado. La pregunta para el sabio era cómo calcular el volumen de la corona sin reducirla a una masa compacta.

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