1543. En su lecho de muerte, sin ser realmente consciente de lo que ocurría a su alrededor, recibió al fin el primer ejemplar de su libro impreso. Ese mismo día murió, quizás bajo el castigo de hacerlo sin saber que había cambiado el mundo.
Nació en Thorn, ciudad polaca, el 19 de febrero de 1473 y fue el primer astrónomo reconocido en estudiar la teoría heliocéntrica, que tal mal sentó a todos los científicos de la época y a un mundo eclesiástico que anteponía el centrismo del hombre y de la tierra como la teoría más firme jamás establecida. No sólo era astrónomo; Copérnico era un hombre lúcido que podía ser calificado también como matemático, jurista, físico, clérigo católico, militar, economista, líder diplomático y gobernador. Se alimentó de las fuentes de saber de toda Europa: se sumergió en las matemáticas y en la pintura en Cracovia, y estudió medicina y derecho en Padua y Bolonia.
La Italia del XVI
Las ideas nuevas iban coloreando aquella Italia del saber. No sería en pintura ni en derecho, ni si quiera en Medicina (pese a ejercerla de manera profesional) donde destacaría este sabio. La astronomía fue la clave de su éxito, y su obra maestra De revolitionibus orbium coelestium le postula hoy como otro de esos hombres adelantados a su época que consiguió mover al mundo con el poder del pensar. Por aquella época, lo normal era pensar que la tierra era el centro del universo, y que el movimiento de los planetas en el cielo de Oeste a Este era una mera cuestión ilusoria. Los cinco planetas conocidos en la época (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno) cambiaban de posición respecto a las estrellas, cada uno con características diferentes que cambiaban según las fechas y las épocas del año.
Aristarco de Samos, un matemático griego, ya había defendido muchos años atrás que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no al revés. Copérnico lo sabía, pero tenía que tratar de demostrar que aquello no era solo una teoría rechazada ya en su tiempo. El polaco sabía que el griego tenía razón, pero tenía que darle sentido. Sin la ayuda de ningún tipo de telescopio (inventado siete décadas más adelante) Copérnico se ayudó de diagramas para demostrar que los planetas interiores, Mercurio y Venus, seguían siempre el movimiento del sol, así como se basto de la lógica para entender el movimiento retrógrado, y comprendiendo que cuando Marte parecía retroceder en el cielo era porque éste y la Tierra giraban alrededor del sol, con la característica de que nuestro planeta lo hacía más deprisa que el planeta rojo y le adelantaba en el recorrido. Pasaba lo mismo con Júpiter y con Saturno. Copérnico se enfrascó en las matemáticas para representar los movimientos de los cielos y fue una tarea muy sencilla para aquel cerebro tan lúcido.
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