La rutina es el concepto más rechazado por la cultura occidental. Ha sido vilipendiada, enjuiciada y condenada por el tribunal de la inquisición que es la opinión popular. Pero solamente aquellos que transforman la rutina en su mejor análogo, la disciplina, alcanzan la felicidad y la paz interior.
En el artículo anterior expresamos que, para la cultura occidental, la rutina es el concepto más temido. Expresamos también que la raíz del problema era la actitud, muy propia del mundo moderno, de actuar impensadamente, o al menos con un pensamiento impulsivo. Siendo la rutina una actitud repetida sin pensar, es evidente que la forma moderna de ser y actuar está intrínsecamente ligada a la rutina. ¿No podremos escapar nunca de ella?
La sociedad oriental
Cuando se estudia este tema, la sociedad oriental es objeto obligado de mención. Pero debemos hacer una salvedad, para evitar confusiones o misticismos. Las sociedades orientales modernas, tanto en Japón, la República Popular China, la India, Irak, Irán, y demás, no se diferencian en gran medida, en cuanto a actitudes, de la cultura occidental, a causa del proceso de globalización de la cultura occidental que se ha manifestado en los últimos 50 años con particular fuerza.
Tampoco podemos confundir lo más elevado de la filosofía oriental: el taoísmo, el confucianismo, el budismo meditativo, el arte del samurai o el pensamiento védico, con la cultura popular de estos países. Aún siendo mayoritarias en algunas épocas de la antigüedad, la actitud popular era más de aceptación dada su incapacidad (arraigada en su pensamiento más que en condiciones reales) para cambiar el estado actual de las cosas (referido a su momento histórico) que no una identificación plena con estas filosofías, como algunos autores han sugerido, siempre con la mejor de las intenciones. Esto es explicable, pues la población mundial ha sido en su mayor parte analfabeta y sin instrucción, en todas las épocas, con algunas loables excepciones.
Así que, en el contexto de este artículo, cuando hablamos de cultura oriental, nos referimos a los exponentes de sus principales corrientes filosóficas, más que a una cultura popular dominante. Debemos recordar que la historia siempre fue escrita por las clases dominantes.
Es propio de esta cultura (pero no exclusivo, como lo demuestran las órdenes monásticas, por solo poner un ejemplo) el desarrollar la disciplina como forma de mejorar y superar al ser humano. En estas sociedades, donde la vida no es lo que hoy conocemos, la simplicidad de la misma permitía dedicar un gran tiempo a la meditación. Estas sociedades evitaron la rutina de la mejor manera. Convirtieron la vida en una disciplina.
Pongamos, por ejemplo, la ceremonia del té en el Japón feudal. Para nosotros, hoy, una taza de té es un placer efímero. Calentamos una taza de agua (esto toma un minuto de tiempo desatendido, es decir, en el que generalmente hacemos otra cosa), lo servimos en una taza, ponemos en su interior una bolsita de té y la tapamos (unos breves segundos), esperamos (de cinco a quince minutos desatendidos según sea la preferencia personal), endulzamos o no y la bebemos.
Pero para los japoneses, esta era un arte, y todo el ritual podía llevarse hasta media hora. Una media hora llena de placer, pues cada movimiento tenía un significado.
Aún el caminar era motivo de meditación y contemplación, pues cada objeto encontrado, cada acción observada en el camino provocaba una serie de pensamientos sobre las interacciones e interrelaciones entre las cosas en el universo.
No existe lugar para la rutina en una vida donde todo posee significado.
Podemos encontrar un equivalente en la sociedad occidental hoy. En la religión cristiana, si se practica con sinceridad y en consecuencia a sus preceptos, la vida transcurre en un escenario de guerra cósmica, entre las fuerzas del bien (representadas por Dios, en cualquiera de sus tres personas, y sus ángeles) y las fuerzas del mal (representadas por Satanás y sus demonios). La vida de los seres humanos son las pruebas o evidencias que unas y otras presentarán a su favor durante el juicio final. Con una perspectiva tal, no existe una sola cuestión en la vida de un cristiano que no haya de ser sometida a profunda meditación, pues deberán dilucidar si sus acciones glorifican a Dios (y son pruebas a su favor) o si glorifican a Satanás (y serían evidencias en contra de Dios). En una vida vivida dentro de esta perspectiva, tampoco hay lugar para la rutina. No debe sorprendernos que el cristianismo surgiera en el seno de una sociedad oriental.
¿Qué podremos hacer entonces hoy contra la rutina?
Tags: disciplina, paz interior, psicología, rutina
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