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Medicando a la tristeza: parte I

Escrito por Inés Pérez / 14 de Enero de 2009

Dos norteamericanos, Allan Horwitz (profesor de sociología) y Jerome Wakefield (profesor de trabajo social), publicaron recientemente “La pérdida de la Tristeza: Cómo la psiquiatría transformó la tristeza común en una enfermedad depresiva”. Adentrémonos en este estudio que intenta arrojar luz sobre el preocupante aumento de los trastornos depresivos en los últimos diez años y desterremos algunas suposiciones erróneas.

Si bien las estadísticas indican que la depresión es una enfermedad que afecta al 10% de la población mundial en alguna etapa de sus vidas, el creciente protagonismo de esta enfermedad nos hace sentir ante una epidemia depresiva, tal como lo expresa SCIAM en una entrevista a los autores del libro en cuestión.

Rebatiendo esta hipótesis, Horwitz y Wakefield intentan explicar en dicha entrevista el fenómeno según su percepción; puntualizan las diferencias entre tristeza y depresión y atribuyen estos inexplicables incrementos, entre otras cosas, a diagnósticos precipitados.

Epidemia depresiva: ¿verdadero o falso?

Los autores del libro sostienen que no existe tal epidemia; que no ha aumentado el número de enfermos depresivos. ¿Cómo se explica entonces el significativo aumento de pacientes que acuden a terapeutas y psiquiatras en busca de tratamientos para la depresión?

En los últimos treinta años se han realizado numerosos estudios en torno al tema. Creció en consecuencia la divulgación científica en los medios de comunicación masiva, al punto que la depresión se convirtió en un fenómeno popular de nuestra cultura. Creció así la consulta a profesionales y el consumo de psicofármacos. Sumado a esto, numerosos estudios epidemiológicos indican que aun existe una gran cantidad de personas depresivas que no reciben ningún tipo de tratamiento.

Toda esta información al servicio de la población trae como corolario la sensación generalizada de que esta enfermedad es cada vez más frecuente y la sugestión se hace presente.

Pero la realidad es que estudios rigurosos, de seriedad científica comprobada, que mantuvieron un criterio uniforme y sostenido en el tiempo para la elaboración de diagnósticos, sostienen que no existen cambios en la prevalencia de la enfermedad.

¿Qué es lo que sucede realmente?

En los últimos treinta años ha cambiado la definición de depresión en todas las profesiones relacionadas a la salud mental. Estos cambios nacieron con el fin de facilitar la medición del fenómeno depresivo y de unificar conceptos para que todos los profesionales de la salud mental pudieran llegar al mismo diagnostico ante síntomas similares y propiciar así el trabajo interdisciplinario para tratar el desorden.

Hasta los años 80’ solamente se indicaba depresión ante síntomas excesivos e inexplicables en relación al contexto del paciente. A partir de 1980 se considera que todos los síntomas, incluso aquellos que responden a hechos concretos, están asociados a la enfermedad. Este cambio de paradigma implica que reacciones naturales intensas ante acontecimientos normales de la vida de un individuo -como duelos- sean consideradas desordenes mentales. Se tiende a incluir entonces, dentro de lo que se comprende por trastornos depresivos, estados de tristeza intensos. Lamentablemente estas posibles confusiones traen consecuencias adversas para los pacientes.

A continuación

En la segunda entrega de este artículo, siguiendo la línea de pensamiento de Horowitz y Wakefield, puntualizaremos los beneficios que trajo la modificación del diagnóstico; explicaremos porqué algunas personas son diagnosticadas depresivas precipitadamente, que pasa cuando esto sucede y qué se debe hacer al respecto.

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