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Medicando a la tristeza: parte II

Escrito por Inés Pérez / 15 de Enero de 2009

Como explicábamos anteriormente, los cambios en el diagnóstico de la depresión nacen como facilitadores de la medición del fenómeno depresivo y también como unificadores para que los diferentes profesionales de la salud mental puedan llegar a diagnósticos similares ante síntomas similares y así propiciar el trabajo interdisciplinario. Si bien este cambio trajo beneficios a los pacientes, lamentablemente trajo otras consecuencias que no son tan deseables y es necesario rebatir.

Como explican Horwitz y Wakefield, en el momento que la depresión fue definida según sus síntomas, ésta tomó vida propia. A partir de este cambio de paradigma se logró que los pacientes con trastornos depresivos fueran desestigmatizados y que muchos enfermos sin tratamiento accedieran al mismo. Este cambio también impulsó nuevas investigaciones a nivel científico y psicológico. Pero si bien estos norteamericanos reconocen que gracias a la “definición de depresión basada en síntomas” ha habido avances en el tema, hay graves consecuencias que es necesario contrarrestar.

¿Cuáles son estas consecuencias?

Es de esperarse que a muchas personas les resulte más cómodo enmarcar sus problemas en el orden de “desordenes mentales”. Esto les permite intentar resolver sus problemas y distender sus dolencias mediante la ingesta de psicofármacos, en lugar de considerar dichos síntomas como consecuencias de un problema psicológico. En muchos casos y en general, es más fácil y económico tratar los problemas con medicación en lugar de acudir a procesos más largos, complejos, y por ende costosos.

Otra grave consecuencia de este cambio en el diagnóstico es que las clínicas, y lo que es más atemorizante, las compañías farmacéuticas, comienzan a verse tentadoramente beneficiadas económicamente de problemas que no son médicos. Al diagnosticar a una persona con “desorden depresivo” pareciera que la medicación es la respuesta más acertada y esto no siempre es cierto.

Horwitz y Wakefield explican como distinguir estos casos:

Hay pacientes que logran diferenciar la depresión de la tristeza y la describen como una sensación de indiferencia ante la vida.

Los estados de intensa tristeza responden a su contexto social. Si la situación que provocó la tristeza inicialmente mejora, entonces la tristeza se disipará. Si por el contrajo la situación empeora, talvez la tristeza también.

Los trastornos depresivos prevalecen incluso ante cambios positivos en la vida del individuo. Esta diferencia es clave: la tristeza se disipará naturalmente en un período de tiempo no muy lejano; la depresión, en cambio, suele consolidarse por más tiempo.

En conclusión

Si bien es lamentable saber que el aumento masivo de los trastornos depresivos se explica en parte por los intereses económicos de los laboratorios, debemos confiar en que los profesionales de la salud mantienen su ética y que este aspecto no interviene en su decisión.

En este sentido es fundamental que el profesional consultado este capacitado para discernir si el paciente realmente necesita la medicación o no. Este es un punto clave a la hora de combatir “la medicalización de la tristeza”; tal como se define en el libro.

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