La memoria no sólo nos permite recordar datos y hechos: también nos posibilita comprender una palabra, reconocer los rostros de nuestros seres queridos y asociar recuerdos con música o perfumes. Conozcamos las diferentes clases de memoria de las que disponemos.

La memoria humana es prodigiosa
La memoria a corto plazo
También conocida como “memoria operativa”, es la capacidad que nos permite retener, de manera consciente, determinadas piezas de información requeridas para desenvolvernos en nuestro entorno. Por ejemplo, cuando estamos conversando, necesitamos retener una pregunta que se nos ha hecho para poder darle una respuesta adecuada. Esta misma memoria es la que nos permite recordar el número de una calle a la cual nos dirigimos, o una breve lista de compras camino a la tienda. Sin embargo, la capacidad de la memoria operativa es muy limitada, ya que, si no la reforzamos mediante repeticiones o alguna técnica, los recuerdos duran aproximadamente diez segundos. Además, no permite retener más que ente cinco y nueve elementos por vez (algo que las compañías telefónicas tienen en cuenta a la hora de armar su sistema de numeración).
La memoria a largo plazo
Por supuesto, muchos de nuestros recuerdos duran más de diez segundos. Algunos, los conservamos durante toda la vida, aún aquellos que preferiríamos olvidar. Esto es gracias a nuestra memoria a largo plazo, que es la que permite conservar, en una red de neuronas enlazadas entre sí, nuestro pasado, nuestra identidad y nuestra capacidad de aprendizaje.
La memoria a largo plazo se clasifica entre memoria procedimental y memoria declarativa. Mientras que la primera nos permite retener información acerca de métodos y estrategias para interactuar con el medio ambiente (por ejemplo, cómo abrir una puerta utilizando una llave, cómo subir las escaleras o cómo hacer el nudo de la corbata), la segunda nos sirve para almacenar “hechos”. Dentro de la memoria declarativa se puede distinguir entre memoria semántica (donde conservamos el significado de las palabras o de los signos) y memoria episódica (donde podemos “ver la película” de alguna cosa que aconteció en el pasado).
Con la edad, la capacidad de memoria va disminuyendo. Vale notar que la memoria que primero se debilita es la de corto plazo. Así, a un octogenario probablemente le hubiera costado más recordar el color de sus zapatos sin mirarlos, que relatarnos la historia de cómo los compró en un mercado que ya cerró hace varias décadas.
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