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Verdi después de abandonarse

Escrito por Nicolas / 7 de agosto de 2008

Decepcionado por los fracasos de sus primeras obras y entristecido por las muertes de sus dos hijos y de su esposa, Giuseppe Verdi decide no escribir más. Pero un escritor le deja el guión de una ópera que el compositor musicaliza. A poco de dejar todo, Verdi alcanza un éxito rotundo con unas de las obras operísticas más espléndidas de todos los tiempos: Nabucodonosor.

A los 27 años, Giuseppe Verdi sufre la muerte de su esposa Margarita. Poco tiempo antes habían fallecido dos de sus hijos. Ese año, 1840, estrena su ópera cómica “Un giorno di regno” (un día de reino), que resulta un fracaso. Verdi, acabado, decide no componer más. Sin embargo, el escritor Temistocle Solera lleva al compositor el libreto de “Nabucodonosor” para que compusiera la música. Verdi rehúsa, pero intercede el empresario Bartolomeo Merelli, de la Scala de Milán, para convencerle. Finalmente, éste comienza a componer y al cabo de tres meses concluye la obra.
Corría el año 1842 y la temporada de ópera ya había comenzado. Habría tres estrenos ese año y para Merelli imponer un cuarto podía ser perjudicial para un Verdi desconocido y para la Scala. Sin embargo, el compositor insiste y Merelli finalmente acepta. Los ensayos comienzan los últimos días de febrero y con menos de dos semanas de preparación logran estrenar en la Scala de Milán, el 9 de marzo del año 1842, Nabucodonosor.

Los dos Nabuccos

La historia escrita por Solera estaba basada en una biografía del rey babilónico Nabucodonosor II, editada en 1836 y en el Libro de Daniel, del Antiguo Testamento. Sin embargo, la versión de la historia era muy libre. Tan libre que se contradecía con la historia misma.
Nabucodonosor II fue el rey más importante de la dinastía caldea de Babilonia. Gobernó entre los años 605 y 562 a.c. y se caracterizó por su fuerza constructora. Es probable que su monumento más recordado sean los Jardines colgantes de Babilonia, hechos para mitigar el desarraigo de su esposa, que extrañaba las montañas y bosques de su pueblo natal, y que constituían una de las siete maravillas del mundo antiguo. En Irak es considerado uno de los líderes históricos más grandes que hayan existido. No así en Israel. Fue Nabucodonosor quien, en el año 596 a.c., conquistó Jerusalén y al poco tiempo destruyó el templo de Salomón, robando sus tesoros.
En cambio, en la historia de Solera, el rey babilonio se encuentra en una encrucijada en plena conquista de Tierra Santa; entre su hija Abigail, que desea el trono y su otra hija Fenena, que sólo desea el amor de Ismael, el sobrino del rey de Israel. En esta versión de ópera, Nabucodonosor termina liberando a los esclavos judíos, convirtiéndose a la fe hebraica y destinado a gobernar el mundo. De todas maneras, el templo de Salomón tampoco se salva en la versión de ficción, ya que termina incendiado al final del primer acto.

Estreno, libertad y después

El estreno de Nabucodonosor (o Nabucco) fue un éxito rotundo. Al ser el final de la temporada, sólo pudo ser presentada ocho veces ese año, pero en las sucesivas temporadas llegó a representarse cincuenta y siete veces y se transformó en un clásico a nivel mundial.
La clave del éxito en Italia fue la analogía que mostraba en el teatro a un pueblo judío esclavizado por un invasor, y su correlato en la realidad con un norte italiano bajo el dominio de Austria.
En las calles de Milán se escribía “Viva Verdi”, expresión que tenía dos significados: por un lado aclamar al joven compositor que hablaba en su obra del dominio extranjero; y por otro alabar al rey de Italia, ya que su apellido era un acrónimo de “Vittorio Emanuele Re´d Italia”. Entonces la ópera no fue sólo una ópera. Y Verdi fue más que Verdi.

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