¿Ha llegado el fin de los libros de texto?

En una entrevista realizada en Argentina, el sociólogo español Manuel Castells ha declarado que el libro de texto “es un artilugio totalmente anticuado (…)un elemento de retraso cultural” que debería desaparecer. ¿Es esto realmente así? El libro de texto, ¿ha muerto?

Desde la creación de la imprenta, el libro se constituyó en el objeto tecnológico de transmisión de la información y de la cultura acumulada por una sociedad, trascendiendo de una generación a otra.

La escuela moderna se apropió muy bien de este recurso y lo integró perfectamente a sus prácticas pedagógicas. En una escuela creada para regular tiempos y espacios, para “docilizar” y “disciplinar” (Foucault, Vigilar y castigar), el libro de texto fue el recurso didáctico por excelencia. Retomando algunas ideas de Foucault, podemos afirmar que el libro de texto fue un recurso legítimo para construir los discursos del “poder” y el “saber”.

El libro en etapa de madurez o en etapa de decadencia

Este recurso didáctico sigue vigente en la actualidad. Los docentes seguimos estructurando nuestras prácticas de aula en torno al libro de texto. Muchas veces, se transforma en el auténtico “currículum”, ya que la tendencia indica que la mayoría de los docentes nos guiamos más por el índice de los libros de texto que por las prescripciones de los diseños curriculares.

Pero tal vez no nos damos cuenta que el libro de texto “bajo la creencia implícita de actuar como medio o soporte para la instrucción, enmascara o impide otra forma de interpretación (…) (Es) un código, entre otros posibles silenciados, para la selección cultural y su traducción curricular” (Martínez Bonafé, Políticas del libro de texto escolar)

Más allá de estas cuestiones, la sociedad cambió y, por lo tanto, cambiaron sus demandas hacia la escuela. Y la escuela entró en crisis porque parece no poder acomodarse a la nueva situación. En la escuela del siglo XXI continuamos insistiendo con prácticas propias de paradigmas anteriores.

Palabras difíciles del experto

En una entrevista realizada en Argentina, el sociólogo español Manuel Castells ha declarado que el libro de texto “es un artilugio totalmente anticuado (…)un elemento de retraso cultural” que debería desaparecer. ¿Es esto realmente así? ¿Debe desaparecer el libro de texto?

Castells afirma que la persistencia en el uso del libro de texto en las prácticas escolares se debe a factores políticos (contenidos) y económicos (la fuerza económica de la industria editorial).

Las editoriales manejan negocios millonarios, con un público prácticamente cautivo. También tienen una fuerte influencia en las políticas educativas. Para atender a las nuevas demandas de una generación que responde mejor a la imagen y a la hipertextualidad, han “aggiornado” los formatos de libros de texto y manuales escolares para adaptarlos a esa necesidad. Pero, en este intento, los libros y manuales perdieron calidad de contenido, manteniendo su característica intrínseca de texto estático y secuencial.

Es entonces lícito preguntarnos si no tendrá razón Castells en sus provocadoras afirmaciones. ¿Por qué insistir con un objeto tecnológico del pasado cuando podemos cumplir la misión escolar de transmisión de la información con nuevas herramientas?

La herramienta digital

Internet nos ofrece el acceso a cantidades de información casi ilimitadas. Nos abre el camino a infinitos recorridos de aprendizaje. Nos ofrece diferentes formas de interactividad que pueden convertir el proceso de aprendizaje en un proceso de construcción activa.

Es cierto que el cambio de paradigma produce temor y desconfianza. Parece que nos enfrentamos al fin del libro de texto. ¿Nos estaremos enfrentando también al fin de la escuela?

Suelo comenzar mis clases de Informática con un cuento de Isaac Asimov: “The fun they had” (“Cómo se divertían”) en el que cuenta como dos niños del futuro encuentran un viejo libro y se sorprenden porque el texto es estático, las palabras siempre están allí, de la misma forma.

Sin embargo, también se sorprenden porque los niños concurrían a un extraño lugar llamado “escuela” y aprendían todos juntos, con un maestro “humano”, en lugar de un “maestro mecánico” (el ordenador)

Conclusión

El fin del libro de texto no significa el fin de la escuela. Si bien las formas de socialización han cambiado a la luz de las nuevas tecnologías, la escuela debe continuar siendo el espacio de socialización de las nuevas generaciones. Y no solo eso. El acceso y la transmisión de la información pueden realizarse aprovechando las potencialidades de las tecnologías de la información y la comunicación. Pero los jóvenes no pueden por si mismos transformar esa información en conocimiento.

Es en este último aspecto en el cual la escuela y los docentes deberíamos centrar nuestro accionar. Adoptando los nuevos recursos tecnológicos disponibles y asumiendo el desafío de modificar nuestras prácticas tradicionales a los requerimientos actuales. Abriendo las fronteras a todas las voces, con capacidad para discernir cuáles son las válidas, pero, por sobre todo, acompañando en el proceso de aprendizaje permanente y de construcción de la propia subjetividad.

El fin del libro de texto no significa de modo alguno, el fin de los libros o de la lectura. Como decía Borges, “el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Tal vez ya no sea un instrumento para aprender.

Para seguir leyendo:

Texto completo de la entrevista a Manuel Castells

Texto completo del libro Políticas del texto escolar

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