Grandes de la ciencia: Galileo Galilei

Nueve años antes de morir, Galileo tuvo que arrodillarse ante la inquisición y negar todo lo que su inteligencia había descubierto. Era por aquel entonces el científico más importante de Europa.

Captura de www.familiaperiosio.com

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Fue un 22 de junio, y corría el año 1633. Con sesenta y nueve años, Galileo se encontró arrodillado frente al tribunal de la Inquisición de Roma, con una sentencia de muerte pendiendo de un hilo sobre su cabeza canosa. Tuvo que negarlo todo. Se comió sus palabras, con un dolor horrible que acortó su vida. Negó que el sol fuese el verdadero centro del universo así como que negó que la tierra, girando alrededor de su propio eje, girase alrededor del astro. Todo había sido un error; y así lo confesó.

Galileo Galiei: el primero

El sabio de Pisa nació en 1564. Era un niño creativo, hermano de 6 niños, de padre músico y culto. Él ya demostró su interés por la música y la ‘ciencia’ desde pequeño. Tocaba el órgano y el laúd, escribía canciones, poemas y crítica literaria; y era buen pintor. Demostró un talento mental y manual muy grande desde joven. En 1581 Galileo, en contra de su voluntad y a favor de la de su padre, se matriculó en la universidad de Pisa para cursar Medicina. Pero comenzaron a interesarle otras cuestiones mientras lo hacía, y las matemáticas y las ciencias físicas entraron definitivamente en su vida. Descubrió la ley del péndulo observando las oscilaciones de las lámparas de la catedral contando sus pulsaciones durante las oscilaciones. Fuesen grandes o pequeñas, el número de pulsaciones no variaba. Había comenzado el juego.

Sin llegar a ser médico, consiguió ser profesor de matemáticas en su universidad, tras un viaje de estudios a Florencia. Contaba 25 años, y dentro de su cabeza había miles de ideas y presentimientos que poco a poco llevaría a cabo. Desde Aristóteles, se pensaba que la velocidad con la que cae un cuerpo dependía de su peso. Pero Galileo no lo tenía tan claro. Para él el aire influía de manera decisiva en el caer de los objetos. Y no tardó (según se nos ha enseñado) en subir a la torre de Pisa y dejar caer dos bolas de igual tamaño pero muy diferente peso. ¡Cuánta razón! Las dos bolas golpearon al suelo al mismo tiempo.

Sus constantes rebeldías le valieron la ‘expulsión’ de Pisa. Llegó a Padua, un lugar donde la inquisición no era muy poderosa, y desde 1592 ejerció como profesor de geometría, astronomía y mecánica. Fue allí donde escucho los rumores sobre un aparato que hacía parecer cercanos los objetos que estaban muy lejos. En menos de 6 meses Galileo ya había fabricado un telescopio. El maestro de Pisa dirigió su aparato al cielo, y se maravilló con las imágenes desconocidas del cielo. Fue él, Galileo, el hombre que tuvo el honor de ver en el universo lo que NADIE hasta entonces había visto. Las manchas del sol, los cráteres de la luna, las nuevas estrellas, las fases de Venus…

Con la iglesia hemos ‘topao’

En 1610, durante el mes primigenio, el mundo cambió de repente. Durante muchas noches siguió el movimiento cuatro estrellas que, sí o sí, giraban en torno a Júpiter. Cuatro lunas en la órbita de aquel planeta lejano. Era obvio; no todos los cuerpos celestes giraban en torno a la Tierra. Este descubrimiento que hacía a los cielos imperfectos trastocó la moral de Roma y de la corte papal. Muchos montaron en cólera, negándose a mirar a través de aquel aparato que rompía todos sus esquemas.

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