Inteligencia emocional: necesaria ¿para qué?

Daniel Goleman popularizó el concepto “inteligencia emocional” a mediados de los noventa cuando su libro homónimo se convirtió en un éxito de ventas. Con inteligencia emocional este autor entendía la capacidad de ser conscientes de las emociones propias y ajenas, la tolerancia a la frustración y al estrés y la facilidad de interacción social.

Inteligencia emocional: un arma de doble filo

Inteligencia emocional: un arma de doble filo

Para este autor, y otros muchos investigadores antes y después de él, el éxito profesional y personal de las personas está ligado mucho más a este tipo de inteligencia que a la puramente cognitiva, esa que han medido tradicionalmente los test. Y, como buen autor anglosajón, nos intentaba convencer de que la inteligencia emocional puede y debe desarrollarse y fomentarse´, porque puede llevarnos al “éxito” personal y profesional.

El secreto de su éxito

Ya en otro artículo de este blog os hablamos de que hace tiempo que los test de inteligencia que se creían capaces de cuantificar ésta y decidir quién era el más listo de la clase pueden considerarse obsoletos. Mucho antes de que el profesor Goleman la diera a conocer al gran público, ya se había descubierto y enfatizado en el mundo de la psicología y la educación la importancia de las emociones (y de su comprensión y control) para evaluar la auténtica capacidad intelectual de las personas. Se nos venía a decir que cuanto mejor conociéramos nuestro entorno social y a nosotros mismos, mejor podríamos desarrollar nuestras destrezas intelectuales. Y conocer a los demás y a nosotros mismos es, sobre todo, saber lo que sienten y sentimos.

Esta capacidad de comprensión emocional no es, además, un don que se tiene o no se tiene. Se trata más bien de una destreza que, como cualquier otra, puede aprenderse y desarrollarse. Este aspecto es, quizá, el secreto del éxito de esta idea de la “inteligencia emocional”, que ha inundado desde los noventa el mercado editorial con libros de autoayuda dirigidos precisamente a su adquisición y potenciación.

Más competentes, pero ¿mejores?

A pesar de que en ocasiones se cuestione la importancia de la sabiduría emocional en el éxito profesional, al recordarse la enorme, aunque muy especializada, capacidad intelectual asociada a trastornos como el síndrome de Asperger, caracterizados precisamente por la escasísima capacidad de empatía y, en general, de habilidades emocionales y sociales, lo cierto es que está suficientemente acreditada la importancia de la inteligencia emocional para el éxito en la competitiva sociedad en la que vivimos.

Sin embargo, comprender mejor las emociones, propias y ajenas, y saber manejarlas adecuadamente no significa necesariamente conseguir sentirse mejor uno mismo y hacer que los demás se sientan mejor con nosotros. De hecho, existe un uso perverso evidente de la inteligencia emocional: facilita la manipulación de los demás y potencia nuestra capacidad de mentir de forma convincente. Este uso, que tan alejado está de ese mundo de simpatía y comprensión mutua que los libros de autoayuda nos venden, puede ser, sin embargo, el que haya convertido la inteligencia emocional en un valor en alza en el mundo globalizado. Nuestra sociedad está dominada y regida por un poder económico cada vez más especulativo, puramente financiero, “ficticio”, y por una política cada vez más dependiente del “feeling” que sea capaz de transmitir a través de los medios de comunicación de masas.

En cualquier caso, parece recomendable conseguir tener una mayor y mejor inteligencia emocional. Puede (o no) hacernos un poco más felices, puede (o no) conseguir que triunfemos en nuestra faceta profesional, pero parece claro que nos puede ayudar, y mucho, a no dejarnos engañar y manipular tan fácilmente por los que sí la tienen.

Foto | Fotolia.com

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