Miguel Ángel busca trabajo

Muerto Lorenzo de Medicis, el joven Miguel Ángel Buonarrotti no encuentra respaldo en Pedro, el sucesor, y decide irse de Florencia en busca de nuevos aires. Luego de deambular por varios lugares de Italia, el destino lo lleva a Roma y más precisamente al Papa, para quién desea trabajar. Llegar hasta él es difícil, pero el artista sabe cómo moverse.

En el mismo año que Colón llega a América, en Florencia muere Lorenzo de Médicis. Como admirador del arte, Lorenzo mantiene bajo su protección a diversos artistas que veían en él noble a un mecenas. Entre ellos, se encuentra Miguel Ángel Buonarrotti, que a la muerte del noble contaba con veinte años de edad.

A Lorenzo le sucede su hijo Pedro de Médicis al cual no le gusta el arte y tiene aficiones de otro carácter. Y como único gesto de bondad para con Miguel Ángel, redacta una carta de recomendación dirigida al cardenal romano Sforza-Riario. Luego lo echa. El cardenal era coleccionista y protector de las artes. Y constituía para el joven Miguel Ángel su acceso al papa Borgia, Alejandro VI. Sin embargo, conseguir la audiencia no es tarea fácil. Para llegar hasta el cardenal debe pasar primero por Gianluca, su sobrino, quien filtra con severidad las visitas a su tío. Sobretodo al tratarse de un artista desconocido y para colmo de males, florentino, a los que consideran inferiores en calidad artística. Un mes está Miguel Ángel intentando lograr su audiencia. Pero todo es en vano.

Una idea genial

Mientras tanto al artista se le va acabando el dinero y necesita trabajo. Prueba suerte en la tienda de arte de Baltasar de la Balza, situada junto al río Tíber. Y si bien, recibe una calurosa acogida, no puede convencerlo para dejarle su escultura.

La causa era que los compradores romanos están particularmente interesados en las obras de arte que pertenecen a períodos anteriores y que están siendo encontradas en excavaciones. Y no en el arte contemporáneo que representaba Miguel Ángel y que está dando lugar al Renacimiento. Pero el artista no pierde las esperanzas y propone una idea que interesa a Baltasar. Aunque para que se concrete deberá esperar varios meses.

En busca de la audiencia

Por lo pronto debe conseguir la audiencia con el cardenal Sforza-Riario. Pero el sobrino esta obstinado en no dejarlo pasar. Cada vez que Miguel Ángel llega, Gianluca ironiza sobre su incapacidad para el arte. Cierta tarde el cardenal adquiere un Antinoo que deja en la antecámara para poder ser vista y admirada. Gianluca inquiere a Miguel Ángel acerca de la figura y este refuta que es demasiado bella y que eso constituye un defecto. El sobrino del cardenal no puede aguantar su risa y lo humilla en público. Miguel Ángel sale enfurecido de la antecámara cardenalicia y Gianluca no puede contener su alegría por lo que se llega hasta su tío y le cuenta la irreverencia del joven artista. Sforza-Riario ríe también pero desea conocer personalmente a Miguel Ángel para reirse de él tanto como su sobrino. Por lo que a través de la humillación, el genio consigue, por fin, la audiencia con el cardenal.

Visita guiada

El día de la audiencia el cardenal Sforza-Riario condujo a Miguel Ángel hasta la galería donde guardaba sus obras de arte. El cardenal era considerado una eminencia en cuanto a su gusto por la escultura, y así se lo hace notar al joven florentino en su visita. Ante cada obra el cardenal expresa su gusto y da a entender las razones por las que se deberían considerar obras maestras. Miguel Ángel calla.

El cardenal, admirado de su propia galería, enseña los trabajos al joven genio, y se detiene ante una obra de la antigüedad recién extraída de la tierra. Se trata de un cupido del cual no escatima elogios, su gracia, su fuerza, su pose, y lanza un desafío al florentino, proponiéndole que si consigue hacer una escultura parecida, él le ayudaría en su intención de trabajar para los más grandes señores, incluido el Papa.

Miguel Ángel aprovecha la oportunidad. La idea que había concebido en la tienda de Baltasar toma forma.
Se disculpa y pide irse de inmediato. Desea mostrarle al cardenal una escultura. Y debe hacerlo en ese mismo momento. Sforza-Riario deja ir al joven.

La idea sale a la luz

Pocas horas después vuelve Miguel Ángel con una escultura hecha en barro. Grande sería la sorpresa del cardenal cuando ve que la escultura del joven era idéntica al cupido que tanto había alabado en su galería. La supuesta obra antigua extraída de la tierra era un trabajo de Miguel Ángel.

El cardenal se enfurece creyéndose víctima de un engaño. Lo que era cierto, pero Miguel Ángel logra demostrar a Sforza-Riario de la inconveniencia de dar a conocer el hecho, que lo dejaría mal parado, y le propone, no sin ciertos reparos por parte del prelado, que lo acerque hasta el Papa, cosa que serviría además al cardenal para mostrarse como mecenas de los artistas y descubridor de un genio.
Sforza-Riario se vio en la necesidad de ceder, y al poco tiempo Miguel Ángel estaba ya trabajando para el Papa.

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