Problemas en el parnaso: las disputas literarias

Es inútil que neguemos que la triple P (polémica, pulla y pelea) despierta nuestra curiosidad más morbosa. Ahí están las audiencias de los programas de televisión monográficamente dedicados a ella para demostrarlo. Y por eso, aunque no consideremos digno de nuestro nivel cultural la visión de estos, buscamos satisfacción a nuestra maliciosa curiosidad en los enfrentamientos de personajes más refinados.

Casi siempre las enemistades de los escritores tienen un origen tan vulgar como las del resto de los humanos, pero sin duda sus resultados, o sea, los insultos, suelen ser más ingeniosos. De modo que logran dar simultáneamente satisfacción a nuestros instintos más bajos y a los un poco, solo un poco, más altos con sus disputas literarias.

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La poesía como arma arrojadiza

Los poetas son, quizás, los que más alegrías nos han dado en este sentido. Los poetas españoles, para ser más exactos. Quizás porque tienen un antecedente difícil de superar, tanto en cantidad como en calidad, del que aprender lo necesario.

Quevedo y Góngora supieron como nadie elevar el insulto a la categoría de género artístico: “Yo te untaré mis obras con tocino/ porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla,/ docto en pullas, cual mozo de camino”, dice el antisemita de Quevedo a Góngora, a lo que el último contesta: “Anacreonte español, no hay quien os tope,/ que no diga con mucha cortesía,/ que ya que vuestros pies son de elegía, / que vuestras suavidades son de arrope”. Y, claro, todos nos ponemos de parte de Quevedo por no reconocer lo que nos cuesta comprender a Góngora.

Más cercana en el tiempo tenemos una estrofa dedicada por el difícil Luis Cernuda (que tuvo sus más y su menos con casi todo el mundo) a su crítico más acérrimo, Emilio Prados: “Lo cretino, en ti, / no excluye lo ruin. / Lo ruin en tu sino, / no excluye lo cretino. / Así que eres, en fin, / tan cretino como ruin”. Algo simplón, no en balde el Siglo de Oro pasó, pero divertido. Como el aludido era crítico y no poeta, la cosa quedó ahí privándonos de las jugosas réplicas y contrarréplicas.

La prosa hace honor a su nombre en las disputas literarias

Entre los prosistas las polémicas han sido a veces tan intensas como entre los poetas, pero sus efectos han sido mucho más prosaicos.

Tenemos los vulgares “viejo chocho” y “chocho viejo” que se rumorea se dirigieron mutuamente Pérez Galdós y Pardo Bazán (seguro que adivinas quién dijo qué), y es que del amor al odio… El mudo puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez (mucho me temo que nunca sabremos si el motivo fue político o de faldas) demuestra que al final, con Nobel o sin él, todos los hombres somos iguales. O casi: el paso del amor al odio, como en Galdós y Bazán, y del odio a la agresión física, como en los nobeles hispanoamericanos, se combinan en el tiro de Verlaine a Rimbaud que, obviamente, provocó el encarcelamiento del primero. ¡Imposible competir con los poetas, está claro!

Curiosa es la nota apócrifa atribuida a Dickens: “En este cuarto durmió Hans Christian Andersen durante cinco semanas, ¡que a la familia le parecieron décadas!”. Pero lo más habitual en la historia de las enemistades literarias es negar haber leído al enemigo. Joyce y Proust solo se cruzaron palabra para señalarse el desconocimiento mutuo de su obra. Más doméstico, Andrés Trapiello afirma no haber leído a casi nadie, especialmente a Javier Marías, suponemos que porque este se atrevió a decir de él que era “el peor novelista de España”. No haberle leído no le impidió, sin embargo, hacerse una idea clara sobre Marías, un “novelador hebén” (o sea, insignificante), y su estilo, de “histérico embolismo” (o sea, confuso e histérico).

¡Ay, las trifulcas literarias! Nos entretienen y, además, enriquecen nuestro vocabulario.

Foto | Fotolia.com

  1. Siempre resulta divertido entrar en disputas, más que nada por disputar. Y por seguir disputando bien cabe añadir una disputa más, ahí queda el libro “Mi marido soy yo (Memorias de Helia Torres)”, escrito por José María Carretero, y que venía a poner a caer de un burro a Gregorio Martínez Sierra, ya que su obra, en gran medida (un gran muy grande) estaba escrita por su esposa, María Lejárraga. Sí, Carretero en estas cosas era audaz, pero no caballero. Que sigan las disputas literarias. Felicidades por el artículo.

  2. Muchas gracias, Jose, por tu comentario y tu aporte. Lo tendré en cuenta para posibles segundas partes. Quien sabe…

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